domingo, 13 de mayo de 2012

Hay dos maneras de comprender y vivir la creencia cristiana de las que da abundante testimonio la tradición. Una es la creencia dogmática y la otra es la creencia escéptica.
Parto por asumir que toda creencia religiosa está compuesta, por una parte, por el conjunto de sus dogmas, es decir, de los contenidos discursivos de la fe o, dicho de otro modo, las doctrinas en las que se cree. Por otro lado, toda creencia está compuesta también por un conjunto de principios de la acción, es decir, normas prácticas que determinan cómo ha de vivirse la fe.
En condiciones óptimas, ambos componentes coexisten armónicamente en la mente de los creyentes; pero dadas ciertas circunstancias críticas, los creyentes se distinguen sustantivamente unos de otros según aquello que su mente prioriza: los contendidos dogmáticos o los principios de la acción.
Como bien se sabe, sólo se da prioridad a algo respecto de otra cosa cuando no hay lugar para ambas a la vez, es decir, cuando sobreviene una crisis que impide la presencia simultánea y armónica de los elementos. Quien ante una crisis cultural o psicológica que afecte seriamente las condiciones de su religiosidad prioriza los contenidos doctrinales de su fe es un creyente que llamaremos dogmático; quien, en cambio, ante esas mismas circunstancias críticas prioriza los principios de la acción es un creyente que llamaremos escéptico.
Antes de pasar a desarrollar esta diferencia quiero subrayar que es esquemática y no se plantea con una finalidad directamente tipológica sino epistemológica. Esto significa que esta investigación no se hace en principio para contar con una herramienta que nos permita distinguir a unos creyentes de otros.
Lo que importa es comprender cómo responde la mente humana cuando sus creencias son sometidas a las tensiones de una crisis. En períodos carentes de estas tensiones, la diferencia planteada no se notaría porque, ex hipótesis, no habría necesidad de priorizar entre contenidos y principios de la acción.
Hago dos últimas aclaraciones previas: La diferencia de la que estoy hablando, en la vida concreta de una persona, se expresaría como una actitud mental y espiritual, y la figura bíblica que me inspira en la exploración del creyente escéptico es Qohélet.
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Planteadas las cosas así, mi segundo paso será afirmar que, dada una crisis concreta, un creyente se descubre como liberal cuando percibe que en su actitud mental hay una cierta dosis de escepticismo respecto de los contenidos dogmáticos de su propia tradición.
Como veremos, esto no lo descalifica como una persona de poca fe, sino todo lo contrario. A pesar de la opinión común de que el escepticismo y las creencias religiosas son como el agua y el aceite, hay una relación sutil y muy fructífera entre ambos, de la que se podrían señalar, además, múltiples ejemplos históricos en la tradición.
Ubiquémonos ahora en este continente latinoamericano en el que vive la mitad de los católicos del mundo y reconozcamos que se está viviendo en él una época de crisis cultural y religiosa que afecta directamente al catolicismo. Para graficarla, señalemos solamente el marcado retroceso del número no sólo de practicantes sino sobre todo de católicos, que corre paralelo al aumento correlativo de las conversiones evangélicas en todos los países.